
El inevitable regreso de Juana, la menor
Juana se llamaba. Su voz dudaba un tanto en la penumbra de la habitación mal alumbrada por la bombilla que pervivía en la cadena inservible encima del espejo. Quiso decirme que después del incendio del 1984 no hubo voluntad posible; todo era una ruina y eso daba vergüenza. Los ochentas fueron detestables pero como aquellas Navidades, mi hijo, nunca de Baní. Repitió esta última frase envuelta en la forma de un gemido que tuve que descifrar por entre los gritos del resto de los internos que iban desperezando; regresaban de sueños submarinos en donde un presidente enano, corrupto y manituoso, regalaba a manos ciegas tanta muñeca y bicicleta que la multitud hacía fila desde septiembre para recibir en el enero de la mordida. Tanto nadar para amanecer esclavo, tanto mentir para acaecer en la orilla. La señora dijo esto para agradecer el gesto y las flores. El doctor, un muchacho hindú pero criado en Talacoma y demasiado joven, todavía indiferente al dolor ajeno, envió una enfermera redonda a por un jarrón con agua; el doctor sabía que la doña estaba en las últimas y quiso mantener vivas las flores al darse cuenta que el cuerpo inhumano de Julián Chiví que se retorcía parsimonioso bajo las mantas no iba para parte.
El hospital quedaba al pie de lo que en otros paisajes u otros ánimos, sería una colina. Pero esto es el Caribe, repostó Juana con una sonrisa acaudalada aunque sin énfasis. Por alguna razón creí que había muerto aquel octubre en que me llamaron de la editorial para informarme que aceptaban el manuscrito pero que tenía que hacerle algunos cambios. Al día siguiente fui a Villa Duarte a darle la noticia pero no como forma de albricia o agradecimiento. No. Era para echarle las cosas en cara. Tanto que dijiste que no sería escritor y hasta te reíste en mi cara y pediste otra cerveza cuando te dije que no quería en esta vida hacer otra cosa más que escribir y tú te reíste Juana, con la carcajada que ahora te abandona reíste porque según tú escribir era más que dejar que los dedos flotaran sobre un puñado de teclas universalmente dispuestas. Para componer una novela habría que dejarse sobrellevar por los personajes e inundarse de la vida y tú no has vivido nada, dijiste. Pero, ¿qué podrías saber tú que no eras más que una campesina que habías parido un millar de hijos que ahora no servían ni tan siquiera para retumbar en lo obvio?, ¿ah?, ¿qué podrías saber, tú, que alumbraste un montón de arrabaleras que lo daban por batata?, ¿tú?, ¿a mí?
Después de ese octubre vino la Navidad y poco antes, la novela. Durante las pascuas fui a encontrarte debajo de los puentes acurrucada en planchas de zinc entregadas por los gobiernos internacionales a manera de donativo. Estamos en el Caribe; las mañanas de diciembre son otra cosa ya que el cambio de estaciones regala un azul cielo indefinible como a eso de las seis de la mañana y en los campos del olvidado Sur, de donde según la partida de nacimiento dice que eres, Azua, específicamente, el aire se pinta de una algarabía desnuda que no puede, que no quiere ser descrita en llamadas; es más, evita los teléfonos y las señales; las conexiones no nos sirven para nada. La última llamarada del recuerdo habla de lerenes; hasta en los misterios más generosos del Rosario, eras una mujer llamada Juanita que regresaba a su tierra después de haber perjurado lo contrario, deprimida y con el alma en un zapato.
La Navidad es para el pueblo, dijo el doctor en bengalí antes de anotar la hora del deceso. La enfermera gorda apuntó en un exceso que los delfines trazarían hacia dónde nadar.
Rey Andújar
