Jaquequino

Este pedazo de animal nos ha hecho perder otra vez. Y es que el segundo caballo de nuestro bando de negras, padece de una manía, obsesiva y compulsiva que le impide pisar las líneas del tablero. Si las pisa, se desencaja y todo se desploma. Al principio pensábamos que en una vida pasada, aquella pieza de caballo se había dedicado al salto ecuestre, razón por la que ahora brincaba las líneas divisorias como si fuesen vallas. Pero un día, en que el equino completaba un salto por encima de un alfil, aterrizó por accidente sobre una raya, y el relincho desgarrado que emitió estremeció el tablero entero. Ansioso y perturbado estuvo días, encerrado en la torre.

Los peones de vez en cuando nos burlarnos de su fobia. Desde el frente le gritamos, que agradezca que en este mundo posea una sola pata, porque de tener cuatro, necesitaría también de un trasero para ventilar las flatulencias de su pánico. La mano divina que rige nuestros movimientos, conoce la condición del equino. Por eso, cuando le toca desbancar a un enemigo, a los demás nos desliza, pero al equino maníaco lo eleva por los aires, hasta depositarlo cuidadosamente sobre el centro del recuadro. Pero hoy, la precaución divina no sirvió de nada. Era el turno del equino, le tocaba atacar a la reina. La mano tomó a la pálida soberana y la apartó a orillas del tablero. Pero como hay cosas que desde el cielo de la estrategia, son invisibles para la mano divina, ésta no se percató de que debajo de su falda, la reina escondía una grieta rectilínea, trazada de esquina a esquina del cuadro. Era una trampa. Al verla, el equino comenzó a sudar y a mover su cabeza con desenfreno indomable. Cuando la mano divina lo dejó parado sobre el recuadro, los alaridos de su ansiedad fueron letales.

Los demás peones opinan que eso le pasa al dios, por elegir a un caballo enfermo para una misión tan decisiva. Yo no opino igual, pienso que el caballo es la pieza idónea para tal hazaña. Después de todo, él es el único entre nosotros que posee un rostro tallado de vida. El solo es capaz de reflejar el bestial quebranto, de la mano divina que nos conduce a la batalla.

Eduardo Ortiz Maldonado