La princesa

La realidad es que a la cenicienta, el zapato le quedó grande. El príncipe ya la había escogido por su hermosura, así que disimuló ante todos el percance.
Muchos años después, motivada por el desencanto con su matrimonio, la princesa le dijo a su esposo:
—No debiste haberle hecho creer a todos que el zapato era mío. De seguro hubieses sido más feliz con la verdadera dueña.
A lo que el príncipe contestó:
—No te preocupes, querida. Recuerda que eran dos zapatos.

Awilda Cáez